UN NUEVO PUENTE

Aunque Facebook es una red de gran dinámica, para concretar un contacto hay que formar parte de ella en forma activa y no todos desean hacerlo. Un blog en cambio permite asomarse a él de inmediato, consultarlo y salir, sin ser parte de una especie de gran familia predeterminada. Por eso lo sumo a mi necesidad de comunicación, muy en especial para los oyentes de Plumas, bikinis y tango en Fm 92.7 (www.la2x4.gov.ar) que sale los domingos de 11 a 14 y mis espectadores fieles del ciclo Al cine con la UNLa que programo y presento cada jueves a las 19 en la Universidad Nacional de Lanús, 29 de setiembre 3901, Remedios de Escalada. A ellos y los demás, bienvenidos y gracias por cruzar este nuevo puente.

lunes, 8 de julio de 2019



LA ÑATA CONTRA EL VIDRIO
Capítulo del libro Los escenarios del adiós (algunos bares del cine argentino).
  Por Rómulo Berruti 
     Buenos Aires, amasada con gente de muchos países, tamizó costumbres y tradiciones para su crecimiento vertiginoso. Los inmigrantes reprodujeron aquí muchas de las condiciones de las geografías originarias para mantener viva la fragua de sus conductas. El café y su convocatoria fueron un aporte español, tal vez muy especialmente madrileño. Vivo y activo desde la colonia –cuando su infusión básica era el chocolate- se instaló a fines del siglo XIX como un sitio clave de reunión. Me tocó en este libro evocar los cafés porteños –algún restorán se colará, sin duda- que fueron refugio sobre todo de la gente de teatro, esos exhibicionistas incurables que al menos en el caso de los intérpretes suelen prolongar fuera del escenario sus voces colocadas y su gestualidad imperativa. Nada más idóneo que ese ámbito para no bajarse del personaje.  Pero allí también los autores competían en erudición, anecdotario y sarcasmo. Como sobrino, discípulo y acompañante desde la primera infancia de  Alejandro Berruti, hermano de mi padre y hombre de teatro, conocí esa liturgia del café en vivo y en directo, además de las muchas historias que él me contó.  Conviene aclarar, antes de pasar al listado de los más frecuentados y famosos, que también para la farándula el café fue un templo esencialmente masculino. Aunque en sus mesas era posible ver quizás más mujeres que en otros locales (actrices de cabelleras fulgurantes rubias o pelirrojas con cargada y ruidosa biyuterí que fumaban como vampiros y golpeaban fuerte los dados sobre el mármol) eran  minoría. Eso sí, las que iban no armaban grupos femeninos, se integraban de lleno a los de los hombres llevando a esas tertulias la convivencia tan poco formal de los camarines. Es probable que esta saludable mezcla haya contribuido bastante al clima poco pecaminoso, hasta más educado y cortés que los cafés teatrales tuvieron siempre en relación a sus pares del tango, el turf y desde luego, la delincuencia lisa y llana, que también se reunía en torno a esas mesas que nunca preguntan.
LOS INMORTALES
  Sin duda el más célebre. También el que partió primero. En 1917 ya no estaba. Pero mientras abrió sus puertas en Corrientes 922 reunió en su amplio salón a toda la intelectualidad argentina. Según varios de los escritores que bucearon en su historia, esta captación de gente de letras fue parte de la estrategia de su gerenciador, un tal León Desbernats, que vendía ropa en Gath & Chaves y sabía bastante de relaciones públicas. Como lo hicieron tantos en distintas épocas –uno de ellos, el famoso Pepe Fechoría en su restorán de la curva de Córdoba- sectorizar al parroquiano buscando un perfil, puede ser rendidor. Durante algo más de diez años, Los Inmortales (bautizado así por Florencio Sánchez, el gran dramaturgo uruguayo) tuvo la presencia de los más notorios. Alfredo Palacios, Evaristo
Carriego, Roberto J. Payró, Horacio Quiroga, Enrique García Velloso, Eduardo Martínez Cuitiño –que le dedicó un libro a ese café- Enrique Muiño, Elías Alippi, toda la familia Podestá (fundadora del teatro argentino), Guillermo Battaglia el viejo, no el que consagró el cine, Francisco Ducasse (un galán de gran impacto sobre las mujeres que hacía de esas mesas un papel cazamoscas), Enrique de Rosas (futuro primer actor de la Comedia Nacional Argentina) y muchos más. Hasta la deslumbrante soubrette española La Bella Otero recibía en ese salón encendidas propuestas eróticas a veces colocadas dentro de un estuche donde enceguecían los diamantes.
LA BRASILEÑA
Maipú 238, entre Sarmiento y Cangallo –hoy Perón-. Aquí el polo imantado era la mesa del fogoso escritor anarquista Alberto Ghiraldo, una especie de mosquetero de afilados bigotes y melena leonina, que también estrenaba obras teatrales además de sus artículos inspirados por Bakunin, el faro de aquellos libertarios. Entre los clientes de este café militaban también los que no pensando como anarquistas simulaban serlo, porque otorgaba una aureola romántica. Y asimismo, cruzaban a la vereda de los impares quienes por el contrario, no querían hacer pública su condición. Una figura de gran renombre de La Brasileña fue Rubén Darío. Otra, el prestigioso intelectual Ricardo Rojas, quien acaso tomó de esa atmósfera ghiraldiana el temple batallador puesto al servicio del partido radical.
EL TELEGRAFO
Café teatral por antonomasia. Heredó la clientela del Apolo, homónimo del teatro donde brillaron tantas figuras populares, desde los hermanos Ratti hasta las comedias en verso del autor Germán Ziclis. Como todo reducto ubicado junto a un teatro, el cerrado Apolo dejó mucha gente farandulera buscando donde anclar. El Telégrafo ocupaba la esquina sudeste de Corrientes y Uruguay. Muy pronto otras dos salas cercanas, Cómico y Smart, le dieron por su parte generosa concurrencia. La primera, capitaneada por Lola Membrives, la otra por Blanca Podestá (luego ambos teatros llevaron esos nombres). Los de este café eran habitués muy fieles y raramente iban a otro. Porque eran amigos de mi tío Alejandro Berruti más tarde conocí a  varios ilustres de esa casa: el autor Luis Rodríguez Acasuso (de rostro adusto y muy formal, aseguraba saber de todo: medicina, arquitectura, astronomía) era el dramaturgo preferido de Blanca Podestá. Alberto Novión (notable forjador de grotescos). Alberto Vacarezza (genial sainetero) con su voz estentórea me prometió un verso para lucirme en el colegio y cumplió. También hacía tertulias en El Telégrafo Florencio Parravicini, el bufo que llevaba sus transgresiones hasta límites a veces escandalosos: allí se despidió un poco ambiguamente una fría noche de 1941 y antes de la salida del sol se voló la cabeza de un tiro.
 REAL
Más tirando a confitería que a café, era un salón paquete (mucho mármol, bronces y espejos, el pocillo costaba diez centavos más) y uno de los pocos que prolongó su funcionamiento hasta principios de los sesenta. Ocupaba la esquina sudeste de Corrientes y Talcahuano y siempre fue para todos “La” Real. Es cierto que convocó tangueros de gran cartel –de Julio De Caro a Aníbal Troilo- pero capturó al mismo tiempo unos cuantos teatreros: Antonio Botta y Marcos Bronemberg (revisteros del Maipo), todos los Serrador: Esteban, Juan, Teresa y Pepita, Milagros de la Vega y su marido Carlos Perelli (amaba los trajes de colores chillones y a cuadros; mirándolo, el adusto Orestes Caviglia desde su mesa sobre Talcahuano musitó: “qué bien le vendría un lutito…”), Enrique Serrano a veces con su compañera de rubro, Irma Córdoba, tomaba un copetín allí.
EL TROPEZON
Restorán. Uno de los más famosos de Buenos Aires, con gran concurrencia de gente importante, entre la cual se mezclaban los teatristas. Tuvo tres locaciones: Callao y Bartolomé Mitre, Callao y Cangallo y por último Callao 248 donde cerró sus puertas para siempre. Gran salón comedor y excelente cocina lo caracterizaban. No tanto de actores como de autores, allí comían Armando Discépolo, Julio Sánchez Gardel, Pedro E. Pico, Carlos Mauricio Pacheco, Antonio y Arturo De Bassi, Roberto Tálice, Carlos Schaeffer Gallo (según dicen, el galán de los autores) y en su última etapa, Abel Santa Cruz. Uno de los actores más fieles fue Luis Arata y disfrutaba sus pucheros Alberto Closas, cuya mesa compartí muchas noches. En El Tropezón el autor y empresario español Pablo Bueno –era un engranaje clave de la gran maquinaria comercial de Darío Víttori- hizo gala de su ingenio. Como debía someterse a un régimen bastante severo quiso explicárselo a un mozo nuevo y de pocas pulgas: “Bueno, sí, ya entendí, qué más quiere??” le contestó el camarero con cara de vinagre. Pablo Bueno le preguntó:
-¿Cómo te llamas? –
-Alegre…    
-¡ Tú tienes de Alegre lo que yo de Bueno!
El Tropezón fue también escenario de la angustia del actor español Pedro López Lagar cuando –víctima ya de un cáncer de laringe- intentaba sin éxito relatar los contenidos de una obra que deseaba (y no podía) estrenar.
Otra voz, la de Edmundo Rivero –“..pucherito de gallina con viejo vino carlón…”- no lo dejó caer en el olvido.
VESUBIO
Heladería, pero de lujo. Corrientes entre Libertad y Cerrito, muy próxima al cine teatro Broadway. Todavía existe, aunque convertida en un típico híbrido de comidas rápidas, si bien conserva algunas de sus copas heladas. Nació al despuntar los 30 y con la arrogancia de esa época: ambientación italiana de factura costosa, espejos biselados, sillas tonet y un vitraux que reproducía el célebre volcán napolitano. La hicieron famosa sus sundaes, copas melba y bananas split, pero también Carlos Gardel, que iba casi todas las tardes. En el 33 una inspección municipal la cerró por atribuirle la intoxicación de una clienta, que no se pudo probar. El mismo día de la reapertura, Gardel era el primer parroquiano del Vesubio. Su helado más raro se denominaba Friar Inca (nunca se supo por qué) y consistía en tres bochas de chocolate, crema rusa y crema americana, todo bañado con jarabe de chocolate y dulce de leche. Lo disfrutó la actriz Leonor Rinaldi.
ROYAL KELLER
Corrientes casi Esmeralda, fue un local de los “cogotudos”, o sea los conservadores. Espacioso y muy bien puesto, este café y restorán atrajo un público diferente porque además de las reuniones políticas albergó una peña literaria y teatral. Esta tenía su santuario en el sótano, donde una vez por semana el escritor Alberto Hidalgo presentaba su Revista Oral al parecer con mucho éxito. Aunque no estaba teñida de ideología, las figuras que participaban era bien grupo Florida: Oliverio Girondo (pocos saben que además de poeta era muy rico), Jorge Luis Borges, Macedonio Fernández y Ricardo Güiraldes. Un dato curioso que tomé –como varios más- de la investigadora y pintora Ana María Moncalvo, quien también recuerda que en su drama Los  muertos Florencio Sánchez incorpora una escena que rememora ese sótano.
LA COSECHERA
Avenida de Mayo 625. Tuvo dos locales más sobre la misma avenida, uno al 800 y el otro al 1200. No iban en general demasiados actores, pero sí autores y críticos (no a la misma hora). Por sus características –café de  calidad y buenos productos lácteos- era el sitio ideal para el “completo”, café con leche, pan y manteca, que tantos almuerzos y cenas reemplazó en el estómago de artistas, escritores y periodistas. Edmundo Guibourg, Agustín Remón –un español de pésimo carácter-, Andrés Romeo, Julio Viale Paz, Carlos Gallo, Martín Lemos eran algunos de los que comentaban los estrenos teatrales para diarios capitalinos. El ejercicio del humor filoso y zumbón, cuando no abiertamente malévolo, era gimnasia cotidiana en La Cosechera. De allí surgieron muchos dardos lanzados desde las columnas de chismes teatrales. También una rara ocurrencia de Remón: “Quiero viajar al país vasco antes de morirme, pero los pasajes en la línea de vapores Mala Real Británica son muy caros…”  “¿Por qué no te vas en un barco italiano que tienen una segunda clase barata?”  “Es que la Mala Real es la compañía en que se naufraga mejor…”
LA TERRAZA
Luego Premier, como todavía se llama, ahora convertida en pizzería y cafetería pero siempre en la esquina de Corrientes y Paraná. Fue una casa de comidas de muchísima presencia teatral en las décadas del 20 y el 30. En verano podía ocuparse el piso superior al aire libre, de allí su nombre. Iban casi todos pero había mesas bravas y temibles. Una era la de Pablo Suero, un brillante periodista de teatro que tenía el alcohol malo y cuando se emborrachaba vivía el clásico proceso Doctor Jeckill y Mr. Hyde. Lo malo es que entonces quería pelear con cualquiera y como era muy rechoncho y de brazos cortitos, asumía unas palizas memorables. En general lo eludían en esos casos y el dueño de La Terraza, Raffeto, le había prohibido la entrada. Se comían platos comunes, aunque de calidad y bien preparados. Un habitué fue el actor Osvaldo Miranda. Cuenta que una noche de espantoso frío llegó –congelado- el cantante de tangos Carlitos Roldán vistiendo un traje pambeach, el típico atuendo de verano, pero llevaba guantes. Con malicia, alguien le preguntó: “Carlitos, ¿hace frío?” “¿Si hace frío?  ¡Pobre el que esta noche no tenga guantes!”
EL ATENEO
Enfrente y en diagonal al Seminario, un reducto teatral que compartía sus clientes con los demás de esa temática, estaba El Ateneo, Carlos Pellegrini y Perón. Fue uno de los pocos que había copado la gente de cine, en general más dispersa en lo que hace al típico café de Corrientes y más bien aglutinada en la zona de Lavalle y Ayacucho donde siempre estuvieron las distribuidoras cinematográficas. Pero El Ateneo constituía una excepción y allí nació nada menos que Artistas Argentinos Asociados, la empresa independiente del cine argentino que tiene mitología propia. En torno a esas mesas se juntaban Enrique Muiño, Elías Alippi, Francisco Petrone, Angel Magaña, Lucas Demare y Enrique Faustín, sus creadores. Allí conocieron al empresario Miguel Machinandiarena, dueño de los estudios San Miguel, que sería vital para sus comienzos. Los “bohemios” de El Ateneo lograron rodar La guerra gaucha, Todo un hombre, Su mejor alumno, El muerto falta a la cita, Pampa bárbara y Donde mueren las palabras, entre otras. Con menos fortuna, otros actores y directores planearon en el mismo salón hazañas similares, impulsados tal vez por el pensamiento mágico de que AAA fue un sello generado por el duende de El Ateneo y no por la inspiración, la fatiga y el riesgo económico de quienes lo forjaron. Y se comprende. ¿Para qué nacieron los cafés si no es para edificar castillos en el aire? Se erigieron de a miles en los sitios que este capítulo intentó resucitar.-











miércoles, 1 de agosto de 2018

PROGRAMACION DE AGOSTO 2018

Al cine con la UNLa  Agosto 2018
Universidad Nacional de Lanús
Cine Tita Merello –
Jueves a las 19
29 de setiembre 3901  Remedios de Escalada
ENTRADA LIBRE Y GRATUITA   - SALA CLIMATIZADA
Programa y presenta Rómulo Berruti
Blog del ciclo: Al cine con la UNLa.blogspot.com

Jueves 2: Desmadre (Argentina 2018) de Sabrina Farji. La aplaudida directora de Eva y Lola vuelve con una película que refleja las relaciones a veces difíciles y ásperas entre madres e hijas, es un documental pero con elementos de ficción. Con la presencia de la realizadora en la función.

Jueves 9: Cama adentro (Argentina-España 2005) de Jorge Gaggero. Reponemos después de varios años esta pintura exacta y sacudidora de la relación entre una señora de clase media alta venida a menos y su empleada doméstica, a quien no le puede pagar su sueldo. Con Norma Aleandro y la revelación de Norma Argentina. Premio del Jurado en el Festival de Sudance.

Jueves 16: Historias mínimas (Argentina, 2002) de Carlos Sorín. La Patagonia otra vez como un personaje más del cine de este director. Aquí desmenuza pequeños conflictos que tienen esa geografía como escenario clave. Con un excelente trabajo de Javier Lombardo.

Jueves 23: Homero Manzi: un poeta en la tormenta (Argentina, 2009) de Eduardo Spagnuolo. Un retrato muy cálido del gran poeta del tango y notable guionista del cine argentino, también un hombre comprometido con la justicia social y la soberanía política. Muy prolija labor de un actor notable, Carlos Portaluppi.

Jueves 30: Iluminados por el fuego (Argentina, 2005) de Tristán Bauer. Nuestro gran éxito de los comienzos del ciclo, allá por 2006, cuando con este título llenamos el Tita Merello…Profunda indagación de Bauer en la guerra de Malvinas a través de sus consecuencias anímicas en un ex combatiente. Gran película del cine nacional.

sábado, 21 de julio de 2018

LA LUNA EN EL CAMARIN



LA LUNA EN EL CAMARÍN

     El título insinúa cierta poesía trasnochada que convoca imágenes imposibles.  Que se sepa, los camarines no tienen ventanas ni claraboyas abiertas al cielo. Más bien, oscuros agujeros de ventilación por donde se cuelan olores de fritanga y a veces, alguna rata perdida y condenada a dieta de teatro: la estopa de  sillones desvencijados,  el papel de libretos muertos.  Sin embargo, una noche de invierno de 1969 la luna bajó, luminosa y violada, a un camarín del Maipo. Porque el domingo 20 de julio de ese año, creo que entre función y función de las dos revistas en cartel  -BUENOS AIRES 2001 y ESCANDALO EN EL MAIPO,  que abría con un número musical titulado “Vamos a la luna”-  Jorge Porcel invitó a ver la caminata  de los astronautas en su reducto. Todos aceptamos de inmediato -me incluyo, porque yo era para entonces casi un integrante de la compañía-  y minutos antes del prodigio una pequeña multitud fue acomodándose como podía en el bulo del gordo, el tercero de la izquerda contando desde la escalera de ingreso que nacía en una  disimulada puerta espejo sobre el hall.  El anfitrión, claro, ocupaba casi el cincuenta por ciento del espacio, desparramado en su valeroso butacón verde botella.  A su alrededor se apretaban varios compañeros de trabajo : la primera vedette Hilda Mayo, Jorge Luz, Vicente Rubino, las figuritas Gladys Lorens y  Lizzi Lot, la española Maricarmen que trabajaba con muñecos pero sin los muñecos, que no hubieran cabido. De Los Cinco Latinos apenas pudo asomarse a ver la luna Ricardo Romero y de Los Diablos de la Danza, ninguno, porque también había algunas diablesas del coro.
        A medida que llegaba el momento de la emisión vía satélite, la concurrencia aumentaba. Cuando por fin la luna seca y polvorienta salió a escena, el camarín era lo más parecido al célebre camarote de los hermanos Marx, con la gente apilada conteniendo la respiración y la mirada fija en el Hitachi blanco y negro. El aparato, con la ayuda de más manos de las necesarias, movía sus antenas como un enorme insecto cibernético buscando la mejor imagen.
       De pronto, la pesada y silenciosa marcha de Armstrong nos hizo un nudo en la garganta. Dentro de su ropaje blanco y sofisticado, oculto su rostro por un casco hermético, recortando su silueta sobre un cielo negrísimo, parecía un buzo a quien el mar se le hubiera secado de golpe. Pronto se le unió Aldrin. Y enseguida, la charla radial con el presidente Nixon  culminaba un logro científico-técnico increíble, que seguían en vivo 500 millones de personas.
         En el camarín de Porcel, el silencio estupefacto duró poco. “!Qué contentos deben estar los rusos!” estalló el gordo en una especie de ratificación porteña y alcahueta de la guerra fría. Su exclamación fue festejada con carcajadas sonoras y de prolija obsecuencia, otorgando el permiso tácito para otros comentarios  de un ingenio al menos cuestionable. Aludiendo a las huellas del calzado de Armstrong, una corista que apretaba su muy buena cola en la infaltable medibacha de red, dijo con voz chillona: “?Serán las del andare fácile?” y celebró su salida con una risita nerviosa. “Se vienen tiempos groso, groso...” profetizó  con gravedad  Tito, el hermano y ayudante de Porcel.
       La realidad imperiosa se ratificó  con la irrupción de Mario, el bufetero. “!Ma qué luna, ni luna, una redonda de jamón y morrones!”  Y le tendió a Porcel una pizza grande, humeante y aceitosa. La llegada de la cena del capocómico marcó el desbande de los  teleespectadores. El gordo se acomodó las vértebras con un   crujido de cuello que era frecuente en él, dobló la pizza en dos convirtiéndola en un descomunal tostado mixto y comenzó a deglutirla con una Quilmes Cristal bien heladita.
     En la pantalla del televisor -y en la retina de Porcel, donde ahora se ponía en foco una aceituna verde- Armstrong y Aldrin habían desaparecido.-

martes, 3 de julio de 2018

HAMLET ES SIEMPRE UN BEST SELLER

HAMLET
Toda recreación de “Hamlet” genera mucho entusiasmo. Su trama condensa el retablo de pasiones que convulsionan, todas las cumbres y fosos de la condición humana. Brinda material a los estudios sobre el poder, el amor y las pulsiones ocultas que siglos después edificarán el psicoanálisis. Por eso esta nueva versión del traductor y director Patricio Orozco llena todas las funciones. Tiene dos méritos básicos: respeta hasta cierto punto la duración de la obra para que lo esencial no se mutile y se inscribe en la línea contemporánea despojada de todo academicismo y procurando rescatar la esencia popular que tuvieron estas piezas cuando se estrenaron para la gente común. Como conocedor que es, Orozco domina el material que maneja y se nota. A veces acierta y otras no, a veces sus actores le responden muy bien y otras no. Es ponderable la concepción general –la presencia del fantasma antes los centinelas aprovechando las estructuras superiores de la sala, la soltura en las entradas y salidas, el uso adecuado de un espacio escénico bastante mezquino y el manejo de las luces. Es en cambio payasesca la intervención de los cómicos que habrán de parodiar el crimen, esta escena clave funciona mejor si es casi muda porque pone más zozobra en el monarca asesino y usurpador, aquí está manejada como una murga napolitana llena de excesos que el mismo Hamlet –en tramo omitido- recomienda evitar. Por lo demás las situaciones esenciales se suceden con fluidez manteniendo el interés de la platea. Las actuaciones son desparejas. El mejor sin duda es Patricio Contreras en Polonio ya que sintoniza con sutileza y picardía el espíritu general de la puesta y usa bien los apartes al público, un trabajo inteligente. Alberto Ajaka en Hamlet tiene algunos momentos intensos que funcionan pero su locura simulada no fue controlada por la dirección y sufre desbordes notorios que impiden además por atropello de sus parlamentos que éstos lleguen nítidos al espectador. Aunque Antonio Grimau arma con buenos recursos exteriores el cinismo viscoso del rey Claudio, falta cierto compromiso interior con ese canalla esencial en su maldad (si se perdona la digresión, algo que congelaba la sangre en el que brindó hace mucho Héctor Bidonde). Superficial y ajena a todo lo que sucede llegó la reina Gertrudis de Leonor Benedetto y denota entrega emocional la Ofelia de Paloma Contreras, Sebastián Pajoni y Pablo Mariuzzi se ven creíbles en Laertes y Horacio. La ambientación es simple pero eficaz. Con una duración de dos horas cuarenta y cinco esta nueva resurrección del príncipe de Dinamarca tiene categoría, es respetuosa del texto y permite reencontrarse con el autor más grande de todos los tiempos. (Centro Cultural de la Cooperación, viernes y sábados a las 22.)